El trabajo denigra. La gente que trabaja tiene olor rancio, desprende aroma a corral. La marca distintiva que llevan consigo es la aureola de sudor debajo del brazo y el rostro ajado y triste, consecuencia nefanda de sus largos meses laborales.
La gente que trabaja hiede a establo. Si una persona huele mal es porque tiene una jornada laboral superior a seis horas. Si huele muy mal es porque trabaja doce horas sin descanso.
Los olores se miden por la cantidad de horas invertidas en el trabajo. Cuanto más se esfuerza un ser humano en ser útil, más actúa la naturaleza en su putrefacción, como respuesta a su vano intento de emularla.
Lo que la Naturaleza hace innatamente, el humano lo hace forzadamente. Incapaz de crear nada, se contenta con imitarla, deficiente en establecer una armonía "natural" con él mismo y con sus semejantes, inventa razones y excusas que disculpen su torpe accionar. Factores como estos producen el inmundo vaho salarial que percibimos en los plebeyos.
No es lo mismo el rostro de un trabajador que el de un ser entregado al ocio. Los que trabajan siempre se vanaglorian de sus esfuerzos de simio y del plátano compensatorio que le da la sociedad. Cuanto más trabajan más nos quieren hacer creer que son seres elegidos y que tienen derechos, como el estúpido padre de familia que por haber acertado con su eyaculación se cree un privilegiado. Y realmente es un privilegiado ya que el Estado debe cargar con su manutención cuando las eyaculaciones fueron demasiado certeras...
Los trabajadores nos quieren predicar con el ejemplo, como si tener quince días de vacaciones anuales, un rostro nauseabundo, olores y esperanzas de canceroso, fuesen una guía para la vida. A veces, en raptos que obedecen a supremacías de esclavo, nos señalan con el dedo porque no hacemos nada o bien se señalan ellos mismos y con orgullo payasesco dicen: "No conoces el trabajo, el esfuerzo. Nada sabes acerca de ganarse la vida..."
La verdad es que no creo que se trate de ganar ni de perder, sino de esforzarse lo menos posible para obtener recompensas. ¿Quien dijo que las cosas se merecen? ¿Donde esta la prueba pragmática de que los buenos y laboriosos son premiados en vida y los vagos condenados? ¿Cuantos niños discapacitados nacen de vaginas trabajadoras y cristianas? ¿Acaso Hitler o Nerón tuvieron hijos con síndrome de Down? Supongo que si la vida se tratara de merecer y no de obtener rudimentariamente lo que queremos, la tasa de mortalidad infantil, por ejemplo, decaería entre los voluntarios de la Cruz Roja, los maestros rurales, los "médicos sin fronteras" y todo ser que haga cosas por el otro. Sin embargo, sufrimos de la misma manera, y nadie tiene la salud ni la estabilidad aseguradas. Nacer cristiano o ateo, blanco o negro; ser asesino o hijo de víctima, en nada nos ayuda. Cuando el destino nos alcanza, de poco sirve llevar una kippá o un crucifijo para defendernos de él.
Las cucarachas asalariadas esperan el bus o el subte con la ansiedad del vencido. Semejan enfermos regocijados en la cama de hospital, como si la suavidad de las sábanas pudiera paliar la dureza de su enfermedad.
Los imbéciles creen haber cumplido con algo, y hasta en ocasiones, pese a sus rostros de monos desfigurados, se sienten realizados, y vociferan que el trabajo enaltece... claro, enaltece al empleador, no al empleado.
Desde tiempos remotos el siervo se creyó alguien digno, un poseedor, cuando la triste realidad es que sólo labraba la tierra del señor feudal para quien trabajaba. Aquí sucede una analogía: el trabajador cree estar haciendo algo para él mismo, cuando no es más que un engranaje de la gran maquinaria social. El no sabe, abrumado por sudor y deudas, quien controla realmente la situación, quién decide cuando un plato de comida barata llenará su estómago, o quién lo premiará con un risible aguinaldo.
Para el trabajador todo es digno, ya que a falta de orgullo posee valores, a falta de victorias se consuela con dar vueltas sobre si mismo, cuán paupérrimo carrusel en desolado parque.
El cree avanzar, pero no avanza, y en sus ojos de hámster se ve la misma avidez por alcanzar una meta que poseen estos graciosos animalitos cuando giran en la rueda de su cautiverio. Entre excrementos, comida barata y ruedas que no conducen a ningún lado, los plebeyos caminan, muchas veces tomados de la mano de sus parejas.
No hay nada mas consolador para ellos que una mujer que invariablemente crea en sus aptitudes, que siempre los este alentando a superarse, pese a que los años transcurren y lo único que crece es la panza del trabajador. Kilos de más y neuronas de menos: axioma consecuente que puede ser aplicado en estas situaciones.
Es común que cuanto más fracasada es una persona más apoyo recibe de sus seres queridos, como si el acto de convertirse en un pobre diablo, hazmerreír del mundo, concediera derechos para ser amado. Si no se logra nada en la vida, se es humilde y querido, si se logran éxitos, se es envidiado e insultado. Fracasar es la meta de todo ser humano, la cadena diamantina, que cuán ombligo umbilical, une a los seres, ya que el primer fracaso no es nacer, sino parir. Hubiésemos perdonado el nacimiento de Adán y Eva, pero jamás sus estúpidas ganas de procrear. Con la muerte de esos dos piojosos se hubiese acabado la humanidad, fue su deseo lúbrico y zoológico, quien nos condenó.
No existe situación más paradójica que un trabajador quejándose de su condición, tratando de "luchar" por su dignidad y entereza. Semeja un gusano que en medio de un paradisíaco lugar clamase por sus derechos.
Ni siquiera repararían en su murmullo de insecto, y de hacerlo, como sucede con los trabajadores en huelga, se lo aplastaría o se le daría un mejor hábitat dentro de sus limitaciones.
Aunque coloquemos al gusano en un lugar más seguro, para que nadie lo pueda pisar, o bien le consigamos un mejor reducto en donde pueda elaborar sus "grandes" pretensiones, no por eso dejaría de ser un animal inferior, manipulable y condenado a morir si así nos apetece. Podemos conformarlo, pero nunca redimirlo, y aunque tengamos buenas intenciones para con él, su misma naturaleza primitiva nos impediría nuestra caridad.
Así sucede con los trabajadores: se los entretiene con algunos pesos extras a fin de mes o con un gesto paternal: la mano blanca y perfumada sobre el hombro oscuro y sudado. Se muestra una suerte de lástima y afecto hacia quien se explota, como si esta fuese una manera de sentirnos menos responsables.
Los triunfadores cargamos, como Jesús, con la cruz de la culpa.
Nicolás Fik
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